Nuestra ruta comienza con el vuelo Madrid – MARSELLA. Y escribo bien, MARSELLA con mayúsculas, porque estando en el avión tanto el piloto como las azafatas tuvieron que repetir el nombre de esta ciudad varias veces, para finalmente llamar a alguien que supuestamente se habían equivocado para ir a…¿Marbella? Que digo yo, ¿nadie de todas las personas que controlan el acceso a los aviones se había dado cuenta?

Foto tomada con el móvil Huawei U8650

Pisando suelo marsellés, vistas desde la parada del tren de Nouailles.

Pues bien, llegamos a la ciudad más antigua de Francia al atardecer. Para todo aquel que aún no haya viajado mucho en avión, y que algún día lo haga pero con poco presupuesto: cerca de muchos aeropuertos hay transporte público que te acercan al centro (normalmente tren de cercanías, a veces autobús urbano) Puedes ahorrarte como tres veces el precio del típico autobús que te recoge en la puerta del aeropuerto.

Una vez en el centro de la ciudad, nos pusimos a buscar el piso de la que iba a ser nuestra anfitriona. Llegamos sin muchas dificultades pero con bastantes nervios, ¡ha sido la primera vez que hemos hecho couchsurfing! La experiencia resultó muy positiva y enriquecedora, para repetir…

De Marsella es el jabón, la marsellesa…y Les Calanques. Además de patearnos toda la ciudad y ver rincones bonitos y/o peculiares, visitamos estas calas que están a tan sólo 40 minutos en autobús del centro. Allí estuvimos una mañana que no pudimos disfrutar al 100% porque había niebla. Aunque fuimos testigos de un simulacro de rescate entre las rocas de Les Calanques, fue realmente curioso presenciar cómo trabajan los bomberos ante situaciones como estas.

¿Qué me llevo de Marsella? Es que en mi cabeza tengo dos ciudades distintas. Cuando la visité la primera vez en el 2008 me pareció una ciudad con una luz increíble, con el Vieux-Port bullicioso pero a la vez tranquilo, una ciudad con encanto…Pero es que esta vez no hacía el sol de entonces, y las calles se nos antojaban muy sucias.

A pesar de ello, esta ciudad es especial. Quizá sea por las anécdotas que me cuenta mi abuelo de cuando él era joven y visitaba la “Marseille dangereuse”, quizá porque no es lo que ves de la ciudad, sino cómo lo experimentas y con quién.

Próxima parada: Roma