Yo siempre he sido más de perros que de gatos. Los chuchos me han parecido unos animales muy simpáticos y graciosos y pensé que los prefería antes que a los mininos. Hasta que me regalaron una gatita y comencé a adentrarme en el mundo de estos felinos. Los gatos, además de independientes y limpios pueden ser muy cariñosos e incluso fieles.

Desde que llegué a Malta no he parado de ver gatos por todas partes. Ojo, que no son unos simples gatos callejeros; a mí lo que más me impactó recién llegada a la isla fue verlos a todos bastante gorditos. ¿Cómo era posible? ¿Seguían ellos también el ritmo lento de la isla?

Comunidad de gatos de Sliema, en Malta

A lo largo de la historia, los gatos han sido queridos y odiados a partes iguales; venerados en el antiguo Egipto y quemados en la Edad Media. Hoy en día, los callejeros que yo he conocido hasta ahora eran delgados, probablemente con enfermedades y ariscos.

Pero eso era antes de llegar a Malta. La primera semana al llegar comprendí por qué los gatos callejeros que estoy viendo por aquí están tan bonitos y son tan cariñosos. Fue en un supermercado donde vi por primera vez una hucha, al estilo de los botes de propinas, que mencionaban que lo recaudado iría a una asociación de cuidados felinos. Ahí me enteré que hubo un tiempo en el que Malta estaba plagada de ratas, y para combatirlas los malteses introdujeron numerosos gatos. Y como agradecimiento, los alimentan y los miman hasta puntos insospechados, hasta tal punto que me pasó algo surrealista.

Refugio para gatos, en un parque de Sliema

Ayer, cuando estaba sentada en un banco observando a un grupo de gatos supuestamente callejeros, uno se me acercó, me olió, se subió a mi lado, se acomodó entre mis piernas y ¡se sentó en mi regazo! Ha sido algo tan inusual que incluso unos turistas que andaban cerca me pidieron permiso para sacarme una foto.

Está claro que a estos malteses les gustan los animales. Para más información acerca de cómo gestionan esas asociaciones visita Malta Cat Society